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Gio, Lug

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Los Paulinos tendremos siempre mucho que aprender de Pablo de Tarso: la fuerza de sus convicciones, la tenacidad en el combate de la fe, la clara percepción del misterio de la Iglesia y su brillante talento como escritor. También nos inspira esa audaz preocupación por fundar comunidades y acompañarlas en su crecimiento.

Sin embargo, Pablo nos inspira también hoy una real urgencia: la disponibilidad misionera. Su ansia por anunciar a Cristo lo llevó a viajar incansablemente, por tierra y por mar, venciendo mil obstáculos, con una preocupación constante: que todos los pueblos lleguen al conocimiento de Dios y se salven. Se calcula que en sus tres viajes misioneros realizó unos cuatro mil seiscientos kilómetros y que, al final de su vida, estaba dispuesto a olvidar las distancias recorridas y a relanzarse hacia adelante porque, aunque él estaba en prisión, la Palabra de Dios no está encadenada (Cfr. 2 Tm 2, 9).

Don Alberione, como buen seguidor de san Pablo, mientras Europa era golpeada por las diversas crisis económicas, sociales y políticas que se sucedieron durante la primera mitad del siglo XX, enviaba a muchos de sus seguidores por el mundo con el mismo dinamismo de los inicios de su obra. Todos conocieron las fatigas y dificultades de encontrarse en lugares desconocidos, pero llenos de celo apostólico, querían dan a conocer por muy variadas latitudes del planeta, su “novedoso” modo de evangelizar.

Gracias a esta fina precepción misionera, ese primer grupo de misioneros italianos se fue abriendo caminos, sembrando a su paso en muchas otras personas la misma inquietud del Apóstol: ir por todo el mundo, llevando el mensaje de salvación a tiempo y a destiempo (Cfr. 2 Tm 4,2). En algunos lugares esas semillas brotaron y dieron fruto abundante. En otros, el crecimiento ha sido más lento. Por fortuna, la percepción que hoy se tiene de la geografía paulina, refleja realidades claramente internacionales, uniendo en ciertos lugares a personas de orígenes muy diversos, capaces de ir más allá de fronteras culturales o barreras lingüísticas.  

La realidad es que aún nos queda mucho por hacer. El papa Francisco evoca reiteradamente la urgencia de una iglesia en salida, que sabe romper con los paradigmas de las falsas seguridades y decide ponerse nuevamente en camino. El secreto está en saber dar desde nuestra pobreza. Es sabido, en efecto que, en la actualidad, casi todas nuestras comunidades acusan carencia de personal. En algunos casos esto se da por falta de confianza mutua, calculando que la llegada de otros miembros podría aportar lo que le está faltando a su acción evangelizadora.  Pero hay otras presencias paulinas que piden a gritos una renovación o un reforzamiento de su personal.

En efecto, para nadie es un secreto que, en algunas de nuestras circunscripciones, se percibe la sensación agotadora de la falta de seguidores para la misión. En otras se hace dramáticamente evidente la necesidad de oxigenarse, de renovarse, de reinventarse. Juntar estas dos realidades, puede ofrecer una nueva oportunidad para muchos, especialmente para aquellos que sienten que todavía tienen algo que poner al servicio de los demás, para quienes los años son un rico bagaje y no una carga de nostalgias. El momento para intensificar la colaboración y el dinamismo misionero entre las Circunscripciones es más que propicio. La actual crisis sanitaria y sus secuelas en la economía y en lo social está abriendo amplias oportunidades pastorales a nuestra misión, al mismo tiempo que refuerza la decisión de vencer la tentación del inmovilismo, en la certeza de que “cuando soy débil es que soy fuerte” (Cfr. 2 Co 12, 10).

Quiera Dios que, como artesanos de comunión en un mundo conectado, según la exhortación de nuestro Superior general en su última carta, los Paulinos podamos ser renovados en nuestra manera de pensar nuestra consagración, que captemos los variados horizontes que se abren hoy para nuestra misión. Así, nadie más pensará sólo en el estrecho círculo de su comunidad o de su país, sino en las dimensiones de un apostolado que tiene al mundo por parroquia.